martes, 26 de abril de 2016

26 de abril, 2016.

   A día de hoy Hernández Mancha es una figura del todo irrelevante, un cero a la izquierda en la derecha. En su momento abandonó la vida pública, o más bien la vida pública le abandonó a él, aunque hay que reconocer que siempre es agradable volver a echarse unas risas con sus delirios, por los viejos tiempos. Políticamente yo siempre lo consideré, en el mejor de los casos, un compendio, una síntesis de los tipos más acusados (y cada día más, por cierto) del conservadurismo patrio. El estadista carpetovetónico, el portavoz matón, el de los comentarios simpático-machistas o toreros, el apandador embarullado... Todo cabe en este don Hernández de la Mancha, que de tanto leer papeles chungos se los acabó creyendo y hasta creando, y que ahora anda por ahí en una nueva salida para desfacer agravios y luchar contra suplantadores imaginarios y apariciones panameñas embrujadas.  Da hasta la impresión de que lo han entrevistado para homenajear a Cervantes o no sé, como ejemplo de la peor manera de repartirse la caja. Cuando Franco unificó el carlismo y falange fue un buen movimiento, o una buena estrategia mejor dicho, para concentrar todo el poder en un solo líder; claro que eso no quiere decir que la ecuación tenga que funcionar siempre. Hernández Mancha es la prueba viviente de que a veces esta clase de frankensteins de fabricación nacional son de todo menos eficaces, auténticos engendros cicateros y con cicatrices a los que les falta un tornillo en lugar de sobrarles dos. En su época ya se dieron cuenta y lo sacaron de las cámaras, de todas, cagando leches, y precisamente ahora que se esfuerzan por construir una imagen con mozos y mozas lozanos, rapaces de verbo optimista y cara fotogénica, vuelven los demonios del pasado con su rostro más duro y su constante pérdida de papeles a manchar el expediente, nunca mejor dicho. Pobre Hernández... es evidente que nunca lo conseguirá, y yo de verdad lo lamento. Lo que nos íbamos a reír.