5 de mayo, 2016.
Cuantas más cosas sabemos de Arias Cañete, menos nos gusta. Si su vida política fuese un yogur no sólo nos parecería caduca, con claros síntomas de podredumbre, sino que nos preguntaríamos con cara embobecida quién puede colocar en los mercados semejante material anunciándolo como si fuera la leche o alguno de sus derivados. Ni en el chino de Fu Manchú, vamos. Está claro que los consumos preferentes no favorecen al PP desde hace tiempo. Buena parte de los productos de su marca ya están claramente pasados, revenidos, no se los tragaría ni el hipopótamo de los pañales, aunque por extraño que resulte siguen empeñados en no rectificar su línea publicitaria (del contenido ideológico ya ni hablo) y en solventar el asunto sacando de cuando en cuando un par de yogurines para aparentar frescura, mientras de la trastienda sale un olor que mete miedo. Es evidente que una estrategia así sólo la llevan a cabo las malas compañías o un grupo de desesperados top-mantas, pero no menos que en esta empresa común a la que llamamos España la corrupción todavía se sigue considerando un orden natural inevitable, algo consustancial a cualquier artículo que se vaya a probar o aprobar. La higiene sencillamente ya no nos parece posible en la cosa pública, y hasta la sanidad se cuestionan unos cuantos, y de ahí que en las elecciones, más que algo de verdad apetecible, dé la impresión de que se nos fuerza a escoger entre la manzana con gusanos más inofensivos o el plátano con menos marrones. Nunca frutos ciertamente dignos, limpios y con garantías, con los que llenarse la boca sin temor. Sólo cucharadas de mala leche sin cuajar que seguir tragando legislatura tras legislatura mientras nos dicen que por ahí viene un tren de alta velocidad o la locomotora de Europa... Que tú también harías lo mismo que Arias.