jueves, 2 de junio de 2016

   Jorge Fernández Díaz, ministro con ángel en lugar de duende, dice que hay que asumir "que el contrato indefinido forma parte de la historia". Así, con esa cristiana resignación, asumirlo, interiorizarlo, comérselo como una hostia bendita, sin morder y en un acto de perfecta comunión con las leyes de los mercados, que son como las de Newton pero con primas cayendo en lugar de manzanas. Los mismos que no vieron la burbuja gigante o insistían en que era un Nuevo Mundo Feliz vislumbran ahora el apocalipsis de los contratos indefinidos en sus bolas de cristal, con gobiernos de tres cabezas y sánchezdragones presentando los programas literarios. Pa mexar y no echar gota. Lo mismo pasó poco antes de que saliesen los móviles, cuando de pronto por toda Europa se extendió la costumbre de vender las compañías telefónicas públicas porque no quedaba otro remedio y así lo habían decidido los mercados. Éstos, según dicen, se autorregulan, pero a mí a veces me da más la sensación de que se autorregalan, porque siempre se quedan con lo mejor los jodíos, con lo más rentable y lucrativo y por el morro. Sin dar muchas más explicaciones en realidad: que hay que asumirlo, y punto. Andan por ahí los sacerdotes del asunto, los que interpretan la voluntad de las cifras, un poco como aquellos antiguos pirados de la pirámide que salían con la peineta egipcia a decir a la masa lo que el dios con cara de perro quería que se hiciera con las cosechas. Con voz grave y poseídos por un espíritu, por un ángel de la época, amenazando al pueblo con grandes desgracias y su ira si no cumplían puntualmente los deseos de las estrellas. Porque claro, sólo ellos tenían acceso al conocimiento sobrenatural, al secreto de la magia, a la ecuación arcana y sideral que estaba más allá de toda capacidad humana de comprensión. Los misterios del calendario... al que ahora llaman "agenda europea".

miércoles, 1 de junio de 2016

1.

   En 1935 Saint-Exupéry viajó a la Unión Soviética como enviado especial del periódico París Soir. En esa época era el diario con mayor tirada de Francia, dos millones de ejemplares, y tanto la misión como la paga eran importantes (su llegada coincidía con la próxima firma del pacto franco-soviético de no agresión). Sin embargo, en principio, sus crónicas no llegaban. Se había quedado sin su marca de cigarrillos habitual, Craven, y aseguraba que sin ellos no podía escribir. En Moscú era prácticamente imposible conseguirlos, y pasaron diez días de silencio informativo hasta que pudo ganar unas cajetillas en una partida de cartas con otro corresponal. Entonces se puso a la labor. Así llegó a la redacción parisina uno de sus artículos más célebres, que por lo visto tardó en transcribirse porque la secretaria encargada de hacerlo se echó a llorar y no podía. Eran reflexiones sobre un crío polaco dormido en un vagón de tercera, justo el día en que llegaba a Moscú el ministro francés de Asuntos Exteriores, Pierre Laval. Un año y pico después le pagaron una pequeña fortuna por ir a la guerra española, 80.000 francos. El contrato incluía diez crónicas, y tras pasarse una temporada en las trincheras de Carabanchel volvió a París para redactarlas. Pero tampoco llegaban, se demoraban hasta el punto de que el director del diario pagó a un amigo suyo para que se lo llevase a cenar a ver si podía conseguir algo. Al final apareció un artículo, y ya iba a pasar a las rotativas cuando Saint-Exupéry se presentó allí para hacer algunas correcciones de última hora. Le entregaron el original y súbitamente lo despedazó, raaac, diciendo que no servía, que era malo. A la pregunta de si prefería escribir o volar contestó que ambas eran la misma cosa, que en realidad no existía tal distinción. Luego escribió quizá la obra más leída del siglo XX. Un libro delgado y con acuarelas, para niños.