miércoles, 1 de junio de 2016

1.

   En 1935 Saint-Exupéry viajó a la Unión Soviética como enviado especial del periódico París Soir. En esa época era el diario con mayor tirada de Francia, dos millones de ejemplares, y tanto la misión como la paga eran importantes (su llegada coincidía con la próxima firma del pacto franco-soviético de no agresión). Sin embargo, en principio, sus crónicas no llegaban. Se había quedado sin su marca de cigarrillos habitual, Craven, y aseguraba que sin ellos no podía escribir. En Moscú era prácticamente imposible conseguirlos, y pasaron diez días de silencio informativo hasta que pudo ganar unas cajetillas en una partida de cartas con otro corresponal. Entonces se puso a la labor. Así llegó a la redacción parisina uno de sus artículos más célebres, que por lo visto tardó en transcribirse porque la secretaria encargada de hacerlo se echó a llorar y no podía. Eran reflexiones sobre un crío polaco dormido en un vagón de tercera, justo el día en que llegaba a Moscú el ministro francés de Asuntos Exteriores, Pierre Laval. Un año y pico después le pagaron una pequeña fortuna por ir a la guerra española, 80.000 francos. El contrato incluía diez crónicas, y tras pasarse una temporada en las trincheras de Carabanchel volvió a París para redactarlas. Pero tampoco llegaban, se demoraban hasta el punto de que el director del diario pagó a un amigo suyo para que se lo llevase a cenar a ver si podía conseguir algo. Al final apareció un artículo, y ya iba a pasar a las rotativas cuando Saint-Exupéry se presentó allí para hacer algunas correcciones de última hora. Le entregaron el original y súbitamente lo despedazó, raaac, diciendo que no servía, que era malo. A la pregunta de si prefería escribir o volar contestó que ambas eran la misma cosa, que en realidad no existía tal distinción. Luego escribió quizá la obra más leída del siglo XX. Un libro delgado y con acuarelas, para niños.

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