jueves, 2 de junio de 2016

   Jorge Fernández Díaz, ministro con ángel en lugar de duende, dice que hay que asumir "que el contrato indefinido forma parte de la historia". Así, con esa cristiana resignación, asumirlo, interiorizarlo, comérselo como una hostia bendita, sin morder y en un acto de perfecta comunión con las leyes de los mercados, que son como las de Newton pero con primas cayendo en lugar de manzanas. Los mismos que no vieron la burbuja gigante o insistían en que era un Nuevo Mundo Feliz vislumbran ahora el apocalipsis de los contratos indefinidos en sus bolas de cristal, con gobiernos de tres cabezas y sánchezdragones presentando los programas literarios. Pa mexar y no echar gota. Lo mismo pasó poco antes de que saliesen los móviles, cuando de pronto por toda Europa se extendió la costumbre de vender las compañías telefónicas públicas porque no quedaba otro remedio y así lo habían decidido los mercados. Éstos, según dicen, se autorregulan, pero a mí a veces me da más la sensación de que se autorregalan, porque siempre se quedan con lo mejor los jodíos, con lo más rentable y lucrativo y por el morro. Sin dar muchas más explicaciones en realidad: que hay que asumirlo, y punto. Andan por ahí los sacerdotes del asunto, los que interpretan la voluntad de las cifras, un poco como aquellos antiguos pirados de la pirámide que salían con la peineta egipcia a decir a la masa lo que el dios con cara de perro quería que se hiciera con las cosechas. Con voz grave y poseídos por un espíritu, por un ángel de la época, amenazando al pueblo con grandes desgracias y su ira si no cumplían puntualmente los deseos de las estrellas. Porque claro, sólo ellos tenían acceso al conocimiento sobrenatural, al secreto de la magia, a la ecuación arcana y sideral que estaba más allá de toda capacidad humana de comprensión. Los misterios del calendario... al que ahora llaman "agenda europea".

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