Sábado, 30 de enero.
La noche pasada estuve un rato viendo un programa sobre Alfonso Rus, el corrupto de moda. Tiene hasta una tienda de ropa con nombre de capo y todo, Stefano Russini, donde no se sabe muy bien si los trajes son inasequibles o regalados. Lo está investigando la guardia civil. Desde hace tiempo política y pasarela van de la mano, uno no sabe ya a qué sección del periódico acudir para enterarse de lo último. Después del anterior debate sobre el estado de la nación recuerdo que leí un artículo (no sabría decir de quién) que me hizo gracia: en lugar de los temas tratados hablaba de los vestidos de las damas y demás, irónicamente. Aunque ahora ese doble sentido se ha eclipsado, o al menos el cachondeo ha adquirido una nueva dimensión, de manera que no queda claro si las crónicas parlamentarias van de lo que se lleva, de lo que se llevan o de qué cojones. Supongo que de lo que haga falta con tal de no sacar el paro o la deuda o los graves problemas que sufre el país y cómo resolverlos. Cualquier día titularán la página política "Recortes y confección". Pero bueno, ya que estamos con las tendencias, diré que yo nunca entraría en una chaquetería regentada por una señora a la que apodan "la rusa" y que parece un mini-yo galvanizado de Dolly Parton, con todo el respeto debido a las rusas. Lecciones de estética pocas podrán dar por ahí (de ética ya ni hablo). Es lamentable que semejante personal dicte las leyes, pero que pretendan dictar también la moda es como para pedir asilo en la primera embajada mongola que te encuentres. Muy caro y mucha cara, que diría Rajoy.
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