[11 de noviembre, 2015]
Una noticia, se supone, es la divulgación de algo antes desconocido. La comunicación de una novedad. Hace tres días por ejemplo no éramos conscientes de estar pagando las facturas de la luz de Esperanza Aguirre, y ahora incluso sabemos que tiene una garita en casa - aunque a juzgar por el importe de las facturas debe de ser más bien un garito de esos con bolón giratorio y focos láser. A veces, eso sí, las noticias amplían o matizan otras previas. No son del todo recientes. Cuando leemos que algún alevín Pujol ha hecho algo alevoso en Panamá ya no nos sorprende en absoluto; sólo cambia la cifra de millones y el nombre de la empresa pantalla, pero poco más en la percepción y el conocimiento de los chanchullos del clan, del cataclán o como se diga. Lo llamativo es cuando el titular hace referencia a alguna obviedad recurrente. Cuando se repite un día tras otro lo mismo, como un mantra, hasta el punto de que ya nos lo sabemos de memoria. Que Rajoy abogue por la unidad de España... ¿es una noticia? En serio, ¿hay alguien que no lo sepa todavía o que no lo haya oído nunca? Si hiciésemos uno de esos tests de "sí", "no", "a veces", el 100% de los españoles sabría qué casilla marcar en relación a Rajoy y la unidad de España, y si alguien por casualidad pusiese una cruz en la de "no sabe, no contesta", no sería por ignorancia, sino por no querer contestar de puro hastío, de aburrecimiento o como se diga. Y lo mismo es aplicable a Mas y la independencia. La noticia de verdad se produce cuando hay algo que cambia, que es distinto o insospechado. Si no, no se está informando, se está incidiendo, machacando, dando la chapa. Implantando un discurso, o como prefieren decir los periodistas, "creando opinión" - que ya hay que tener morro para reconocerlo encima -. O, en la mayoría de los casos, apuntalando la que ya existe, no vaya a ser que cambie. Que la gente se ponga un día a pensar por su cuenta y se líe.
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