Sábado, 6 de febrero.
El tono de Pedro Sánchez ahora es conciliador, así como franciscano. No sé si es que ha recibido en secreto algún tipo de orden mendicante o qué, pero claramente ya no es ese que pegaba alaridos en campaña. Gasta un hablar edulcorado, sedoso y hasta sedante, y suelta en cada aparición una especie de discurso con sordina en el que afirma que va a escuchar a toda la galaxia. Por ahí se rumorea que es que le está saliendo el carisma, como una erupción. Que después de haber superado las acometidas del aparato, las puñaladas de todos los casios y brutos del PSOE, que menuda manada, su imagen ha salido reforzada y ahora se le percibe de otro modo. Ocurre un poco como con esos colegas que ves después de un tiempo y te cuentan que se han encontrado consigo mismos o con Jesús. "¿Jesús?¿Aquel de pendiente que...?". "No, tío: ¡Jesús...!". Aunque él, por lo que parece, está teniendo encuentros con todo dios; no sólo con aquella limpiadora misteriosa, Valeria creo que se llamaba, que aparecía por doquier para soltarle las verdades sin que su servicio se seguridad sospechase nada raro, sino con todos y cada uno de los partidos (con excepción de Bildu, claro está). Le ha salido de sopetón un talante a lo Zapatero, con alianzas civilizadas en lugar de las de civilizaciones; algo mucho menos excéntrico y más centrado, aunque igualmente chocante. Yo no sé si es bueno o malo, pero desde luego muy normal no parece mutar así de un día para otro sin seguir una secuencia lógica ni un razonamiento claro. Debería hacérselo mirar... Por un profesional quiero decir, no en la tele.
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