Viernes, 5 de febrero.
Hace escasos días Ana Pastor, la ministra, tuvo uno de esos lapsus freudianos y afirmó que la política era incompatible con la honradez. Recientemente se había debatido bastante sobre los políticos y sus incompatibilidades, a propósito de los sueldos eólicos de Trillo y Pujalte, y la declaración de la señora Pastor me pareció de una rotundidad conmovedora, a diferencia de muchas otras de esas que llaman "de bienes y actividades" donde de pronto se encuentran compañías misteriosas y empresas con nombre de robó. Sin embargo no tardó en retractarse y decir que todo había sido un error. Se ve que el tema de las incompatibilidades es resbaladizo, propicio a la confusión; un asunto donde parece que cada poco salen espontáneamente cosas que matizar o añadir, despistes insospechados. Uno lee la ley y da la impresión de que los límites están bastante claros. Pero luego resulta que no, que hay reglamentos y arreglamientos que permiten toda clase de funciones paralelas. Según me pareció entender, en el caso de los parlamentarios, está supeditado a las resoluciones de la mesa, así lo explican. Vamos, que es una incompatibilidad un poco del IKEA, que la puedes montar en tu oficina con todas las garantías y si las piezas no encajan sólo tienes que comunicarlo y ya te lo resuelven o resolucionan. Hubo cierto lío con la tuerka de Pablo Iglesias, que al parecer no entraba del todo porque la habían diseñado en Venezuela y venía con cuñas iranís y la de dios, y las medidas habituales sólo admiten el conglomerado panameño. Aunque bueno, al final se hicieron unos ajustes y se pudo arreglar, que ahí en las cortes serán imprecisos, por no decir vagos, con las incompatibilidades, pero chapuzas y tablas tienen como para exportar. Menudos son.
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