[14 de diciembre, 2015]
Einstein definió la energía como la masa por la velocidad de la luz al cuadrado si mis conocimientos de física no me engañan, que por lo general lo hacen. La verdad es que es una ecuación liosa para los que fuimos por letras, y por eso creo que resulta muy de agradecer que ayer el ministro de veraneo, Soria, la popularizase estableciendo una identidad entre ésta y las latas de sardinas, que aunque no siempre se abren tan fácil como indica el envase tienen desde luego una esencia mucho más reconocible. Cierto que la velocidad de la luz es constante, cosa que simplifica bastante el resultado; claro que una cosa es la velocidad a la que se desplaza por el espacio y otra la velocidad a la que sube, que no es precisamente despacio, y que a poco que uno sepa de número enseguida comprende que desborda todos los cálculos y hasta se sale por la tangente a la mínima que te despistes. En este país las operaciones relacionadas con la energía son un misterio arcano incluso para los especialistas del ministerio, y en ese sentido da igual que invoques al fantasma de Albert Einstein o al de Albert Rivera. Las cuentas no salen ni con todos los aparatos de nuevas generaciones juntos. Eso por no hablar de la masa, que cada día está más cargada y ya no sabe uno si tiene que ver con los pesos y la gravedad o con los pasos y los gravámenes, o si todo depende de los vatios o de los varios o qué. Lo que parece demostrado es que hay un alto porcentaje de la misma que no encaja en esta fórmula que han descubierto; un porcentaje que, supongo, hay que inferir que debe carecer de energía por necesidad y se ponga como se ponga. Un porcentaje en suma de la masa que podría definirse como opaca o refractaria o latosa o de sardinas para hablar con propiedad privada o pública. Sencillamente desenchufada del sistema, por así decirlo. En el extremo y sin remedio.
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