Jueves, 4 de febrero.
Cada vez más gente en la derecha da a Rajoy por amortizado, y unos cuantos ya hablan de un próximo marasmo del marianismo. En una formación tan jerarquizada, tan de falange, resulta más sencillo hacerse con el botín que un motín, pero a pesar de haber sido el grupo más votado un fantasma recorre el PP, aparte de Rafael Hernando, que es el de renovarse o morir. Muchos lo piensan aunque no se plantee formalmente. En la facción de Valencia, según he leído, ya se baraja hasta buscar un nuevo nombre para evitar asociaciones indebidas. Cambiar la fachada y ponerse el Repartido Papillar o no sé, algo que llegue al respetable mejor. El personal ya vincula sus gaviotas a un basurero, ahí chillando y picoteando los restos en bandada criminal, y no se sabe bien si Camps le reza ahora al santo Job pidiéndole templanza o uno nuevo para él. Están todos un poco con el síndrome de esconde los montecristos, guardando los puros para evitar que les caiga uno y poniendo cara, mucha, de justos en Sodoma, o al menos de no judicializados todavía. Rita la no cantaora parece mismamente la vieja del visillo, tapándose la jeta con él ante la prensa como si fuese Alí Babá en busca del amparo maravilloso y con su proverbial genio escondido. Invocando la presunción de inocencia a sus años. Está claro que el espectáculo es bochornoso, y aunque es cierto que la derecha sociológica va a las urnas en piña, con decisión y sin escisiones, no lo es menos que la media de edad del votante del PP es la más alta con diferencia, y que como no cambien de escaparate pueden acabar con el chiringuito cerrado. En realidad si no lo han hecho aún es porque tienen, lo admitan o no, un grave problema. Un hombre llamado Mariano, en mi humilde opinión.
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